En un movimiento audaz que reaviva una vieja ambición geopolítica, el congresista republicano Randy Fine registró formalmente ante la Cámara de Representantes de Estados Unidos una propuesta de ley explosiva: anexar a Groenlandia como el estado número 51 de la potencia norteamericana. La iniciativa desafía la soberanía actual de Dinamarca y argumenta que Washington debe actuar de inmediato antes de que "potencias adversarias ganen influencia" en una de las regiones más estratégicas del planeta.
El control del Ártico: seguridad nacional vs. soberanía
El documento presentado es contundente: autoriza explícitamente al inquilino de la Casa Blanca a tomar todas las medidas necesarias, incluyendo negociaciones financieras, para adquirir el territorio. Fine sostiene que Groenlandia es un "activo vital para la seguridad nacional" y no un simple puesto remoto. Según el legislador, el control de la isla garantiza el dominio sobre las rutas marítimas clave del Ártico y la arquitectura de defensa que protege a EE.UU.
El republicano justificó la medida alertando que China y Rusia continúan expandiendo su presencia en la zona, aprovechando lo que calificó como "años de políticas débiles" bajo la administración de Joe Biden. "Este proyecto asegurará nuestro futuro económico", sentenció Fine, enmarcando la posible anexión como una muestra de "liderazgo y fortaleza".
La tensión diplomática es inmediata. Mientras el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, ratificó que la isla es parte indiscutible de Dinamarca y se apoyará en la OTAN, Rusia aprovechó el caos para intervenir. El embajador ruso en Dinamarca, Vladimir Barbin, apoyó sorpresivamente la independencia groenlandesa, afirmando que la isla no quiere pertenecer a ninguna de las dos potencias occidentales, lo que enciende las alarmas en toda Europa sobre una posible reconfiguración del mapa global.