La urbe de Matsue, al oeste de Japón, se volvió muy notoria, a lo largo de las últimas semanas, dado que se preparaba para albergar, en diciembre próximo, un acontecimiento muy atípico y hasta considerado como sobrecargado de una impronta mórbida que se hizo notar en redes sociales.
La polémica llegó a tal punto, que los organizadores de la competición de simulación de suicidio decidieron cancelar el evento.
A principios de noviembre, se publicó un anuncio en el periódico local de Matsue, en el que se abría la convocatoria a posibles participantes a "mostrar sus increíbles dotes interpretativas mientras mueren durante aproximadamente un minuto tras abrirse el estómago con una espada de plástico", tal cual rezaba el detalle de la publicación.
A su vez, se explicó que el participante con la actuación más dramática y convincente, imitando el suicidio ritual por destripamiento conocido como seppuku, ganaría el primer premio. Cabe aclarar, que la localidad del evento no fue elegida por razones azarosas, dado que la ciudad de Matsue fue famosa en la Edad Media o época de los shogunes por su fuerte impronta y estilo de vida bajo el código de conducta de los samuráis.
Más allá de lo antedicho, hoy en día, la muerte por destripamiento autoinfligido, a menudo conocida en Occidente como hara-kiri o seppuku (una tradición de la clase guerrera japonesa entre los siglos XII y XIX), se ha abandonado.
Los propios historiadores, especialistas en el estudio de estos guerreros, resaltan que ya no quedan samuráis en Japón. A finales de la Segunda Guerra Mundial, en el frente del Pacífico, oleadas de pilotos suicidas (kamikazes), tomaron esta impronta de elegir la muerte antes de sucumbir frente a la deshonra de la derrota. Tanto es así, que cientos de ellos se precipitaban con sus aeronaves sobre barcos de guerra estadounidenses y australianos, con la intención de llevarse consigo la mayor cantidad posible de vidas del enemigo.
No obstante, como señalan las estadísticas, ya no quedan vestigios de esa práctica y los japoneses no se suicidan más que en otras partes del mundo, e incluso con cifras menores respecto a otros países como Suecia, Bélgica o Dinamarca.