La nutricionista Araceli Vallone advierte que la ansiedad se convirtió en un motor del consumo alimentario impulsivo. En un contexto de alta incertidumbre, solemos tapar el malestar emocional con comida, confundiendo una necesidad fisiológica con un "refugio" temporal para calmar el estrés.
La clave para frenar esta conducta es la educación emocional. El hambre real aparece de forma gradual, mientras que el impulso emocional es repentino y busca alimentos específicos. Aplicar técnicas de "anclaje", como describir minuciosamente un objeto cercano, permite que el pico de ansiedad baje, devolviéndonos el control sobre nuestras decisiones nutricionales.