La economía argentina volvió a dar señales de alerta en julio. Dos de sus sectores más relevantes, la industria y la construcción, registraron retrocesos en su nivel de actividad, reflejando la fragilidad de un escenario económico que combina alta volatilidad cambiaria, tasas de interés en máximos y un consumo interno en retroceso.
La industria, en caída
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el Índice de Producción Industrial (IPI) se contrajo 2,3 % en la comparación mensual, encadenando su segunda baja consecutiva.
El retroceso llevó al sector a quedar 4,3 % por debajo de los niveles de diciembre de 2024 y lo ubicó en uno de los puntos más bajos de los últimos doce meses, solo por encima de lo registrado en marzo. A la vez, la medición interanual arrojó una merma del 1,1 % frente a julio de 2024, lo que constituye la primera caída de ese tipo en nueve meses.
La pérdida de dinamismo impactó de manera desigual en los distintos rubros. Las mayores caídas correspondieron a prendas de vestir, cuero y calzado (-10,7 %), productos metálicos (-8,5 %) y vehículos automotores (-8,4 %). El rubro de alimentos y bebidas también registró un retroceso del 3%, arrastrado por menores despachos en derivados de soja, vinos y productos pesqueros.
El enfriamiento del sector se vincula, según analistas privados, al fuerte ajuste monetario aplicado en las últimas semanas para contener el precio del dólar.
La salida del esquema de Letras de Financiamiento (LEFIs) generó una brusca suba de tasas, con cauciones que llegaron al 80%, lo que encareció el crédito y afectó tanto la inversión como el consumo. En paralelo, la suba del dólar oficial —14 % en un mes— introdujo más incertidumbre en las cadenas de producción, que ya operaban con costos dolarizados y dificultades de financiamiento.
La construcción, también en baja
La construcción, tradicional termómetro de la economía real, tampoco escapó a la tendencia contractiva. El indicador sintético del sector se redujo 1,8 % en julio respecto de junio, mientras que el índice de tendencia-ciclo también mostró una baja del 1,2 % (subió 1,4% interanual). La caída refleja un freno que no solo responde al encarecimiento del financiamiento, sino también a la persistente parálisis de la obra pública. Según el propio INDEC, el nivel de actividad del sector se encuentra 21% por debajo de noviembre de 2023, cuando asumió la actual gestión.
La volatilidad del tipo de cambio, con un salto del dólar oficial, y el encarecimiento del crédito asfixiaron tanto a la construcción privada como a la pública. En el plano privado, desarrolladores y constructoras advierten que los mayores costos financieros desalientan el inicio de nuevos proyectos y frenan los ya en marcha. En el ámbito estatal, la virtual detención de la obra pública por el ajuste fiscal dejó un vacío difícil de compensar.
Doble golpe a la economía real
Especialistas consultados remarcan que la conjunción de factores financieros y políticos explica la magnitud de la desaceleración. "Los mayores costos de financiamiento, la incertidumbre en un año electoral y la falta de expectativas de recuperación del consumo, ya sea interno o externo, marcan un escenario muy complicado", señalaron. El resultado es un doble golpe: por un lado, la industria pierde competitividad y se retrae; por el otro, la construcción se queda sin motores para sostener su actividad.
El deterioro simultáneo de estos dos sectores no es un dato menor. La industria y la construcción concentran gran parte del empleo registrado del país y tienen un efecto multiplicador sobre otras ramas de la economía. Su retroceso genera preocupación no solo por los indicadores actuales, sino también por lo que anticipan hacia adelante. Con el consumo estancado, la inversión privada retraída y el gasto público en modo ajuste, las posibilidades de una reactivación en el corto plazo parecen limitadas.