Efemérides

Que esta historia no se termine nunca

Un día como hoy, hace veinte años, un joven rosarino era conocido por todo el mundo al debutar en la primera del Barcelona. El pibe que no podía crecer, se transformó en el más grande de todos.

Por Hugo Fernando Videla

Hace veinte años, el fútbol cambiaba para siempre — FOTO: X.

Había una vez un pibe flaquito, de esos que la vida parece haber olvidado estirar. Lionel le decían, pero en su barrio, en Rosario, ya lo trataban de Enano. Jugaba a la pelota como si cada pase fuera un latido del corazón. Ahí andaba el pibe, pateando en canchitas de tierra, esquivando perros, charcos y alguna que otra patada.

Pero resulta que el destino -ese que a veces parece distraído- tenía otros planes. Un día, Lionel cruzó el océano. Barcelona lo recibió con la sorpresa de quien encuentra una joya en el medio de la nada.

Un 16 de octubre del 2004, el Enano se puso la camiseta blaugrana y entró a la cancha con la humildad del que aún no sabe que va a cambiarlo todo.

Y ahí estaba. Chiquito, nervioso, con el pelo desordenado y los sueños más grandes que su propio cuerpo. El mundo aún no entendía que estaba naciendo una leyenda. Ni él mismo lo entendía.

Pasaban los años y Lionel crecía, pero no como el resto. Él lo hacía y lo hace a su manera: en la cancha, en los aplausos, en los gritos de gol. Lo que no crecía por fuera, lo hacía por dentro. Un gigante disfrazado de pibe tímido, como esos héroes que no necesitan capa, sino una camiseta y una pelota.

Veinte años después, con la casaca de la Selección, la celeste y blanca que siempre fue su segunda piel, sigue demostrando su grandeza. Es cierto que, desde lo etario, parece que se avecina el retiro, pero como quien no quiere la cosa, el tipo agarra la pelota como siempre, se manda un hat trick y da dos asistencias, en un 6 a 0 contundente, como diciendo "acá estoy, eh, y todavía tengo cuerda para rato".

Porque veinte años no es nada, como decía el tango de Gardel. Pero en el caso de Lionel, son todo. Son veinte años de magia, de gambetas, de goles imposibles y de una zurda que parece tener un pacto con el diablo y con Dios al mismo tiempo. El pibe que no podía crecer se transformó en el más grande de todos.

El día que el fútbol cambió para siempre.

El Enano es gigante. Y todavía no paró de crecer. Porque mientras siga jugando, mientras la pelota obedezca las órdenes de su pie izquierdo, la leyenda seguirá. Como un cuento que no querés que finalice. Y esperemos, que esta historia no se nos termine nunca.