En un calendario apretado por la cantidad de partidos que se juegan, con torneos y formatos que cambiaron en varias oportunidades, el título perdió jerarquía. Se juega demasiado y se compite poco. No ganan los mejores: ganan los que sobreviven y se adaptan a los formatos.
El fútbol en Argentina se acostumbró a celebrar campeones de corto plazo. Equipos que luego de conseguir un logro, al semestre siguiente están desarmados, endeudados o peleando por no descender en muchos casos. Trofeos que no construyen identidad ni dejan huella. Copas que no ordenan, no proyectan y no mejoran el nivel general del torneo.
La paradoja es evidente: nunca hubo tantos campeones y nunca fue tan bajo el prestigio del campeonato local. El exceso de trofeos licuó el valor de cada uno. El hincha ya no discute si su equipo juega bien o mal, sino si entra a un playoff, si clasifica por tabla anual o si aprovecha una llave favorable.
El mérito deportivo quedó relegado, porque hoy es más importante clasificar a una copa por motivos económicos que levantarla. A esto se suma un contexto dirigencial que empuja a la mediocridad. Premios económicos escasos, arbitrajes cuestionados y un reglamento que cambia sobre la marcha.
Incluso los equipos que levantaron títulos importantes lo hicieron sin continuidad ni respaldo institucional. Planteles cortos, juveniles vendidos de urgencia y técnicos atados al resultado inmediato. No hay procesos, hay urgencias. No hay planificación, hay parches.
Mientras el fútbol argentino y la AFA sigan celebrando títulos sin revisar el sistema que los produce (no es saludable tener 10 ganadores a lo largo del año), los campeones seguirán siendo frágiles, efímeros y discutidos. No todo puede tener un fin recaudatorio.
Por eso ganar no siempre es sinónimo de ser el mejor y hoy ser campeón es apenas un dato estadístico.

