Carta abierta de un hincha de Gimnasia

Me quedo con todo lo bueno, que es mucho

El autor del texto, hincha del Lobo del Parque escribió estas palabras horas después de la derrota de su equipo ante San Martín de San Juan. Aquí lo compartimos.

Por Mariano Saravia

El Lobo mendocino se fue con la frente alta de Córdoba — /Prensa de Gimnasia y Esgrima

A medida que pasan las horas, el vacío en el pecho se acrecienta. El shock inicial, el aturdimiento del final del partido fueron dejando lugar a otro tipo de sensaciones. No alcanza el intento de hacer un análisis frío de los por qué. No alcanza con discutir si el arquero tenía que salir a cortar el centro en el primer gol, o si podría haber hecho algo más en el segundo. No alcanza con reconocer que no hubo actitud decidida antes de los goles ni rebeldía después de los mismos. No alcanza con sentenciar que nos ganaron todas las pelotas divididas. Vuelve la desazón, a la noche no puedo dormir, y este lunes semi nublado parece más feo que cualquier otro lunes. 

No puedo concentrarme ni para trabajar, así que decido escribir esto, a ver si sirve como exorcismo, para sacarme un poco lo que hay adentro. A ver si escribiendo puedo poner blanco sobre negro y ordenar algunas ideas. Necesito ver las cosas objetivas y también necesito de la subjetividad. Lo objetivo es que el fútbol, en definitiva, es como la vida, es el yin y el yan, es la felicidad y la tristeza. 

La felicidad infinita de la previa, ya desde el sábado cuando llegaron los primeros amigos a mi casa y se quedaron a dormir, hasta el domingo a la mañana cuando llegó el grueso de mis viejos amigos de la Agrupación Blanquinegra, y compartimos risas, choris y vinos. Como antes, como siempre. La felicidad de la llegada a Alberdi, la plaza Cisneros llena de hinchas blanquinegros, los encuentros con compañeros de la secundaria, con mi compañero de banco, el Gustavo, a quien no veía desde hace 40 años, la tribuna repleta, los cantos y las banderas. 

Y la tristeza del segundo tiempo, esa pelota que vas viendo que se encamina al fondo de tu arco y escuchás ese grito de gol sordo, lejano, de otra tribuna que no es la tuya. La tristeza de ver que no hay reacción y que podrías jugar dos días, pero no llegaría nunca el milagro. El golpe de knockout del segundo gol. El campanazo final y tener que ver el festejo ajeno. Y que nos griten que nos sacan una foto. Y sí, es duro, no te lo voy a negar. Lo duro que es ver al hijo de mi amigo llorar, y lo duro que es escuchar que otro amigo que ya peina canas me diga: "Yo ya creo que no voy a llegar a ver al Lobo en primera". Las dos puntas de la vida, el pibe que se asoma a la vida y el amigo que ya prevé el ocaso, y los dos con la misma frustración. 

La hinchada del Lobo en el Estadio de Belgrano

Todo eso es objetivo, pero necesito algo subjetivo que le dé sentido a tanto dato duro sin sentido.  Sobre todo, un dato duro: perdimos. Esta mañana, cuando me desperté, tenía la ilusión de que había sido un mal sueño, pero no, el dato duro es que perdimos. Y entonces vuelvo con la subjetividad, tengo que inventarme alguna razón que explique lo que no quiero entender, y pienso: "Bueno, ellos también eran muchos, y a lo mejor el fútbol quiso que ganaran porque si no, no se levantaban más, pero como Gimnasia es más grande, esta derrota lo va a catapultar para adelante". Pero es un consuelo tonto, y sigo pensando en la oportunidad perdida. 

Vuelvo entonces a lo objetivo e intento sacar algo positivo. 

Me quedo con esa tribuna llena de hinchas del Lobo, donde caben 8 mil personas, según el Club Belgrano. 

Me quedo con la hinchada despidiendo al equipo con aplausos y no con puteadas, a pesar de todo. 

Me quedo con la cantidad de pibes jóvenes, adolescentes diría, que nos garantiza continuidad, porque el Lobo es, principalmente, su gente. Pibes, pero también muchísimas pibas, nenas casi, con una pasión increíble, colgadas del alambrado o dándole a un redoblante. Pibes de 14, 15, 16 años, con su mochilita y su camiseta. ¿Cómo habrán venido, cuántos sacrificios habrán hecho, habrán comido o no? Pero ahí están, dejando la garganta y el corazón. NO vi ningún desmán, ninguna pelea, ningún robo. NO vi a nadie cayéndose de borracho ni dado vuelta por ninguna droga. Capaz que hubo y no lo vi, pero lo máximo fue sentir algún olorcito a porro, nada más que eso. 

Me quedo con ese viejo al que le cuesta subir los escalones de la popu del Pirata. 

Me quedo con ese muchacho en silla de ruedas, frente al córner izquierdo. Con ese otro muchacho que sale de la cancha en andador y con un yeso en su pierna izquierda que le llega al fémur. 

Me quedo con esa familia entera, padre madre y dos niños, que se vinieron en micro de línea.

Me quedo con esa sonrisa desdentada, con esas manos levantadas, manos callosas, manos de laburantes. ¿Cuánta guita salió este viaje, cuántos sacrificios significó? 

Me quedo con la marea blanquinegra que era la calle Arturo Orgaz, la de la cancha de Belgrano, tanto en la entrada como en la salida. 

Me quedo con la fiesta que armaron en la previa y durante el partido, con las canciones y el aguante bien entendido. 

Me quedo con mis amigos alrededor del fuego en ese domingo fresco. Con las anécdotas y las risas. Con el Negro Pina dando vueltas por el barrio sin entenderle a la gallega del GPS, con el George que llega y dice: "Me salió más caro el taxi desde el aeropuerto que el avión desde Mendoza". 

Con el Cato que me recrimina que en mi escrito anterior omití decir que lo mejor de los sábados de fútbol en el club eran sus atajadas. 

Y que, si bien el Dante y el Enrique eran graciosos, él también lo es. Y tiene razón. Me quedo con la solidaridad de todos, el Ale, el Fede y el Chicho que se van a comprar la carne y la leña. El Pablo que prende el fuego. El Rodri que se encarga del asado. El Chema que me pide que le cuente tal o cual anécdota a su hijo el Manu y a otros pibes de 18, 19 años. Me quedo con la hermandad que se desata al grito sagrado de Dale Lo. 

La hinchada le puso colorido a la definición

Y quiero quedarme, por último, con una reflexión. Éste es un momento de inflexión, y pueden pasar dos cosas. Una de ellas es caernos, como se han caído muchos equipos después de perder una final. La otra es que esta final perdida nos catapulte para adelante. 

Que demos un salto de calidad. Pero para eso, hace falta un cambio de mentalidad, en todos: jugadores, cuerpo técnico, dirigentes, hinchas. 

Creérsela un poquito más, armar un equipo verdaderamente para ascender y tomarlo con seriedad y determinación. 

Y que el pueblo blanquinegro entienda que, si pudieron venir 10 mil personas hasta Córdoba, eso significa que se puede jugar TODOS los partidos del 2025 a cancha llena. Eso también sería una confirmación de que es un club vivo y en ascenso.

Estoy seguro de que vamos a volver a estar en una situación como la de este domingo. Pensar que fue una oportunidad única que perdimos es pensar que no vamos a llegar más a una final. Y no es así. Claro que va a ser duro, porque siempre va a ser duro competir contra Colón, San Martín de Tucumán, los de Buenos Aires, etc. Pero hemos demostrado que estamos a la altura. Dándole continuidad al proyecto y mejorando algunos aspectos, vamos a volver. 

Para perder una final, primero hay que llegar a la final. Y siempre está bueno llegar a instancias finales, sean finales o semifinales. 

Es muy bueno acostumbrarse a estar ahí, en el reducido siempre, peleando arriba siempre. Para que el hijo de mi amigo ría y no llore. Para que a mi amigo canoso yo pueda decirle: "¿Viste que sí lo ibas a ver al Lobo en primera?".

Y para volver a recibir a mis amigos con un fueguito en mi patio. O juntarnos en cualquier otro lado a reírnos a carcajadas y gritar juntos Dale Lo y Dale Lo.