Marcelo Bielsa y el fútbol: sacar belleza de este caos es virtud
En un fútbol lleno de vendehúmos y resultadistas, el Loco Bielsa es un personaje que incomoda. Por eso se lo ama. Por eso se lo odia.
Por Hugo Fernando Videla
21 Julio de 2025 - 15:58
21 Julio de 2025 - 15:58
21 Julio de 2025 / Ciudadano News / Deportes
En tiempos donde el fútbol es cada vez menos juego y más industria, donde las apuestas deportivas ocupan la centralidad de la escena, los calendarios aprietan, los árbitros generan sospechas y una entrada cuesta lo mismo que un alquiler, aparece un tipo que sigue creyendo en los valores. Por algo lo apodan Loco.
Marcelo Bielsa cumple 70 años este 21 de julio y, mientras dirige a la Selección uruguaya con el mismo fervor con el que entrenaba juveniles en las canchas de Bella Vista, uno no puede evitar preguntarse: ¿qué lugar ocupa hoy un tipo como él en este fútbol hecho a medida de los oportunistas y de redes sociales?
Durante décadas, el debate futbolero argentino giró en torno a dos escuelas: Menottismo o Bilardismo. Juego bonito o eficacia. Ideales o resultados. Pero hace ya un tiempo que la grieta se corrió hacia otro lado. Hoy, el nuevo dilema es Bielsa sí o Bielsa no. No hay término medio. O se lo ama con devoción o se lo descarta con desprecio.
Lo curioso es que Bielsa, sin quererlo, sintetiza las dos corrientes. Es ofensivo, idealista y quiere ganar convenciendo, como Menotti. Pero también es obsesivo hasta la médula, detallista casi enfermizo, como Bilardo. Y ahí, en ese punto medio, aparece su mayor fortaleza y, paradójicamente, su mayor debilidad.
"El éxito es deformante, relaja, engaña, nos vuelve peores. El fracaso es formativo, nos hace más sólidos", dijo alguna vez. En una cultura deportiva donde perder es sinónimo de fracasado (y más en un país como el nuestro), esa frase no entra en ningún resumen deportivo y mucho menos en cabezas de termo.

Pero el tipo sostiene sus formas. Lo hizo en Newell's, donde es ídolo eterno al punto que el estadio lleva su nombre. Lo sostuvo también en la Selección argentina, aunque muchos todavía lo señalen por no haber pasado de fase en Corea-Japón. Lo buscó en Chile, donde sentó las bases de una generación inolvidable, y también en Europa: con el Athletic Bilbao alcanzó una final de Europa League y otra de Copa del Rey en 2012. Y más tarde, en Inglaterra, con el Leeds United, escribió una historia épica: logró el ansiado ascenso a la Premier League tras 16 años en la segunda categoría. En la máxima división lo despidieron, pero se fue ovacionado por un pueblo que lo amará hasta el fin de los días.
No ganó una Champions. No levantó una Copa América. Mucho menos un Mundial. No se sacó selfies con ninguna estrella pop. Pero cada vez que Marcelo Bielsa aparece en escena, algo se sacude.
Molesta. Porque es coherente. Porque defiende sus ideales. Porque no se arrodilla ante el negocio. Porque se planta con la misma entereza sin importar el resultado.

Tal vez por eso, en medio del caos del fútbol moderno, la figura de Bielsa se vuelve necesaria. Porque él sigue creyendo. Sigue pensando que sacar belleza de este caos es virtud, como cantó Gustavo Cerati en su último disco.
Nunca se vendió al mejor postor. Fue, y es, un entrenador que se emociona viendo a sus jugadores correr con nobleza, presionar con orgullo y jugar con dignidad.
Y si eso no alcanza para ganar, él lo asume. Porque para Bielsa, no se trata solo de levantar trofeos: es construir algo que perdure. Una forma de mirar el fútbol y la vida.
Marcelo Bielsa cumple 70 años. Y mientras el fútbol avanza hacia su propia deshumanización, él sigue intentando lo imposible: enseñarnos que todavía hay belleza en medio del caos. Virtud de pocos poder ver las cosas como son.