La ciudad heroica
La ciudad de San Petesburgo guarda historias épicas. El autor del texto nos ofrece una de ellas
2 Abril de 2019 - 11:41
2 Abril de 2019 - 11:41
2 Abril de 2019 / Ciudadano News / Deportes
De repente, el grito: “¡Arguentina! ¡Metzi!".
Giro el rostro y observo sus ojos clavados en mi credencial de periodista. Advierte mi origen y sonríe, mientras su abuelo –infiero– está absorto en la lectura de un libro y por ende ausente de nuestro punto de encuentro. El metro de San Petersburgo nos traslada hacia el Zenit Arena, el escenario que puede ser testigo de la continuidad o de la despedida anticipada. Fedor, así se presenta, muestra ocho dedos de sus manos como expresión de su edad y la sonrisa pícara delata su fascinación por el fútbol. En junio y julio de 2018, Rusia era la anfitriona de millones de sueños convertidos en pelota. Argentina y Messi simbolizaban la atracción extrema frente a la aún insulsa Nigeria.
Consulto el mapa y al bajar la vista una diestra se presenta, mientras exclama palabras tan inconexas como referenciales: “¡Arguentina! ¡Che Guevara! ¡Evita! ¡Gardel! ¡Cortázar!".
El casi octogenario, estimulado por su nieto, alcanza a presentarse como Vladimir. Y con orgullo, alza la voz: “¡Leningrado!". Gesticula y su ademán tiene el poder simbólico de la elocuencia pura. Para él, su lugar en el mundo es ése. Para él, la llamada 'Ciudad Heroica' mantiene el nombre como en la época de la extraordinaria defensa ante el asedio nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Para él, tanto como para el niño, el tiempo compartido une el pasado con el futuro a través del presente.
Descienden dos estaciones previo a mi destino. Antes de salir del vagón, unen sus manos y las mueven acompasadamente como si de dos magos se tratase. Un papel en blanco queda en mis palmas pero del mismo –lentamente– comienzan a aparecen letras en ruso; aplico el traductor y en nuestro idioma se lee: “En su acreditación periodística dice Mendoza, así que lleve allí esta historia y desparrámela entre su gente para que así nos conozcan; si ésto es así, seguiremos ganando porque habremos quedado aún más en la memoria". Realismo mágico. Como un gol de Leo. Como un gol de Diego.
Y entonces, allí decía que...
“Fue entre el 9 y 10 de agosto de 1942 cuando el compositor Dimitri Shostakovich concretó su sueño de ver interpretada su séptima sinfonía en el recinto de la Orquesta Filarmónica, en Leningrado. La población –diezmada en progresión geométrica– resistía el asedio nazi con sus sobrevivientes afiliados al instinto de supervivencia, su única llave hacia la esperanza. La caza de aves, roedores y felinos era el salvoconducto alimentario para continuar aferrado a la vida. En estado de desesperación extrema, la antropofagia fue el recurso final para alimentarse. El grado de locura expuesto en las calles fue promotor de un mercado negro del comercio de cadáveres, también expone la memoria oral. Casi novecientos días de bloqueo del ejército alemán a la otrora San Petersburgo habían diezmado la población hasta la mínima expresión. El frío invernal, que rozaba los 20 ó 30 grados bajo cero, agudizaba la hambruna.
Los nazis, propietarios de toneladas de alimentos, solían ampliar su perversión colocando ventiladores para que los aromas de las comidas les llegasen a los rusos con la intención de debilitarlos aún más psicológicamente. Ya en las guarniciones locales escaseaban las porciones de 500 gramos diarios para quienes combatían, 300 gramos para infantes y 250 gramos para aquellos que ya no lograban sostenerse en el frente de combate. La resistencia, igual, se mantenía. Y el nazismo no pudo. La lección de vida es el estandarte que aún sostienen –orgullosos– los hoy casi seis millones de sanpeterburgueses.
Cuatro corceles de acero asoman a los costados del puente Anichkov que atraviesa la avenida Nevsky y por donde debajo circulan las aguas del río Fontanka. El cuarteto de figuras escultóricas fue ocultado por los habitantes rusos antes de que fueran descubiertos por los invasores hitlerianos. Hoy día, los habitantes de San Píter –así la llaman habitualmente– describen con orgullo cómo sus antecesores resistieron desde 1941 durante 872 jornadas al tan tremendo poder devastador de sus enemigos. En una de las plaquetas figura el número de muertos en esa zona, alrededor de 50 mil. El número total de fallecidos se acerca a 1.200.000, en su mayoría por inanición. Las generaciones actuales reconocen como 'Ciudad Heroica' a la tierra donde se evitó la exterminación y que fuera liberada por el Ejército Rojo en 1944.
“Quisieron destruir la ciudad de Pushkin y Dostoievski. Leningrado nunca será fascista", supo describir con precisión la poetisa Anna Ajmatova.
Olga Bergholz, quien sostuvo el espíritu de lucha a través de sus conmovedores relatos en la radio, así definió las atrocidades: “Quienes nos enviaron tanta muerte cometieron un error de cálculo: subestimaron nuestro voraz hambre de vivir".
“Nada se pierde, todo se transforma. Hoy, también". Cumplo mi palabra. La Ciudad Heroica ya está aquí.