El Mauri, el Ligüel y Argentina

“Los que somos más grandes perdemos esa sensibilidad por los animales, nos creemos más sabios”

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“…Será la vida que siempre nos pega un poco, nos encandila con lo que está por venir…”(Bicho de Ciudad, Los Piojos)

Yo no sé si el Mauri lloraba por el Ligüel o por Argentina. De cualquier forma había que estar ahí con él, mostrarle cierta fortaleza, aunque los dos y varios más en mi casa no tuviésemos consuelo. La historia se repite, y Mascherano se va de la cancha de la misma forma que en el 2006: entregó todo su ser y se quedó sin nada.Otra vez afuera. Y ahora con la ilusión que había, con las ganas, con el Diego reinventándose de nuevo. Alemania nos despertó del sueño de una trompada. No tuvimos fuerzas ni para levantarnos.Lo difícil para el Mauri quizás no sea que Argentina se quedó afuera del Mundial. El Mauri tiene siete años y el viernes se le murió el Ligüel, el perro que lo vio crecer. Fue todo repentino y cuando llegó el veterinario estábamos jodidos. Resulta imposible explicarle a un niño que a veces los perros también se mueren, que se van como las personas. Desgraciadamente, los que somos más grandes perdemos esa sensibilidad con los animales, nos creemos más sabios, y no le damos tanta importancia a que se te muera el perro.

El Mauri lloraba en el sillón, y yo miraba cómo algunos hinchas argentinos hacían lo mismo. Maradona abrazaba a varios y, de repente, mi sobrino se incorporó hasta sentarse.– ¿El Ligüel se va al cielo, tío?– Sí, más vale. Todos se van al cielo, no hay un solo perro que se vaya a otro lugar. El cielo de los perros debe estar genial, siempre pienso lo mismo. Tomá, enano, limpiate la nariz, que está llena de mocos.

El Ligüel fue un perro sin igual. Les puedo contar cómo era, pero había que verlo saltar tratando de morder el chorro de agua o buscando el fútbol. Estaba medio loco a veces, porque en ciertos ataques perseguía su propia cola. Era más bien alto, blanco, una cruza extraña de dálmata y dogo. Era fuerte y buenísimo, rara mixtura que no se ve mucho en los perros. Se lo regalaron a mi hermano hace como quince años, porque cuando era bien pequeñito destrozó unas botas de cuero demasiado caras y le dieron un boleo de su primera casa. Y en lo de mi hermano el choco encontró su lugar y cuando nació el Mauri, al Ligüel la vida le regaló a su mejor amigo. No hay dudas. Una vez me sorprendí mientras hacía un asadito y vi cómo el Mauri y el Ligüel hablaban. Bah, parecía que hablaban, aunque el enano era el único que decía cosas. El perro, sentado en sus patas traseras, le sacaba una cabeza, y el Mauri le explicaba vaya a saber qué ideas. Y por ahí escuché algo así:– Ligüel, por favor, traeme aquel tronco, así lo ponemos acá y hacemos un puente–, le dijo convencido mientras le frotaba la cabeza. Esperé a ver qué le iba a decir el Mauri cuando el perro se quedara intacto. Se los juro por mi vieja, el perro dio media vuelta y buscó un leño que había junto a los malvones. Lo trajo con la boca, se lo dejó ahí. Y siguieron como charlando. Le conté a mi hermano y no me creyó. Será por eso que al Mauri lo entiendo más que nunca.El veterinario me aconsejó el mismo viernes, antes de irse.– Mirá, ¿es importante el perro para el chiquito?– Sí, lo ama al choco, estaban casi todo el día juntos.– Mi consejo es que una vez que lo entierren, él te acompañe a visitarlo. De un día para el otro no lo va a tener y es duro para un niño. – Ok, no hay problema. ¿Cuánto le debo?– Nada, pibe, llamame cuando tengan a otro perro. Nos vemos.

El veterinario tenía razón. Nunca perdoné a nadie de mi familia cuando no me avisaron que tuvieron que sacrificar a la Hada, una ovejera alemán que vivió un buen tiempo con nosotros. Y se la llevaron de un día para otro y sin demasiadas explicaciones. Sufrí su ausencia cuando era niño.

Ahí nomás lo llamé al Fachín y le avisé que lo iba a visitar a la finca. Me fui con el Mauri y llegamos como a las tres de la tarde. Le dije que ya venía, el petiso se quedó con los hijos del Fachín y su esposa, la Dolo.Después de enterrarlo le dije al Mauri que me acompañara. Estábamos junto a la cruz de madera del Ligüel. El Mauri no lloraba ni nada.– ¿Hay que rezar, tío?– Si vos querés, rezamos.– No. – Bueno, no rezamos. No pasa nada, Mauri.– Es que no entiendo cuando rezo, tío.Confieso que me sacó una sonrisa. El pendejo es demasiado inteligente a veces.– Claro, no sirve rezar así. Si querés, pedile a Dios que el Ligüel sea tu guardián para siempre. – Dale, tío. ¿Le puedo pedir también al Ligüel me ayude a jugar como Messi? – Sí, más vale. https://www.ciudadanodiario.com.ar/nota/2019-7-9-17-38-30--copa-libertadores-de-america-2018-el-tas-convoco-a-boca-y-river-a-una-audiencia

Ya atardecía y había que volver. Al otro día jugábamos con Alemania y en mi casa estaban todos muy ilusionados. Pero nos quedamos mudos con el centro de Schweinsteiger y el gol de Müller. Creíamos que lo empatábamos, jugábamos mejor, pero apareció Klose. Y el puñal de Friedrich. Y otra vez Klose.Así que, cuando ya todos se habían ido y mi vieja preparaba unos ñoquis, el Mauri y yo estábamos viendo los dibujitos. En realidad yo miraba la pantalla llena de colores y él ya se estaba quedando dormido. No me decía nada y desde abajo lanzó:– No estés mal, tío. Recién le pedí otra cosa al Ligüel.– ¿Qué le pediste?– Le pedí que seamos campeones en otros mundiales. https://www.ciudadanodiario.com.ar/nota/2019-7-9-17-11-43-jose-luis-chilavert-fustigo-a-la-conmebol-y-defendio-a-lionel-messi

Han pasado los años y cuando cargo con 54 en mi vida no puedo creer lo que veo. Mi sobrino está jugando una Copa del Mundo, la de China 2030. Acaba de recibir un pase perfecto de Echauspe y la cruzó al segundo palo. Se abrazó con todos como hacía Carlitos Tevez cuando jugaba. Se levantó la camiseta y tenía una foto del Ligüel.

Agradeció al cielo. Al cielo de los perros.