En River, los dos arqueros principales —Armani y Centurión— están lesionados y el cuerpo técnico decidió dejar ir a Ledesma. Todo normal. Parte del mercado de pases. El domingo debuta Beltrán, un chico sin experiencia en Primera. No pasa nada. No hay escándalo. No hay tapas. No hay indignación. Es fútbol.
En Boca, los tres centrodelanteros principales están lesionados (Merentiel, Cavani y Giménez) y el club dejó ir al nueve de la Reserva (Simoni) a Gimnasia de Mendoza. El domingo probablemente juegue Lucas Janson, un delantero relegado que llegó en 2023 luego de una gran Copa Libertadores con Vélez en 2022, donde incluso fue parte del once ideal elegido por Conmebol. Resultado: escándalo. Crisis. Las redes arden. "Boca no tiene dirigentes". "Riquelme andate". "No sabés negociar". "Inútil". "Kukelme". La lapidación pública como deporte cotidiano.
La doble vara ya no es molesta: es directamente intolerable. El nivel de desprecio y falta de respeto hacia la comisión directiva de Boca y, particularmente, hacia Juan Román Riquelme, roza límites que hace algunos años eran impensados. No hay análisis: hay condena. No hay debate: hay sentencia.
Esto no significa que la gestión de Riquelme sea perfecta ni intocable. Comete errores, como cualquier gestión en cualquier club. Pero el destrato al máximo ídolo de la historia de Boca es muchas veces cruel, injusto y, en demasiados casos, desleal. Abundan las operaciones, los rumores sin fuentes, las notas sin firma y la información inchequeable. Es la degradación del periodismo deportivo.
En redes sociales el escenario es todavía peor. Desde cuentas anónimas se dicen barbaridades sin ningún tipo de consecuencia. El escrache digital se volvió gratis, cotidiano y rentable. Pegar no cuesta nada en las calles virtuales.
Muy pocos mencionan que Boca, en este 2026, es el único de los cinco grandes que jugará la Copa Libertadores, el máximo objetivo deportivo del continente. Muy pocos dicen que mantuvo a los once titulares del último semestre (Marchesín, Barinaga, Di Lollo, Costa, Blanco, Delgado, Paredes, Palacios, Zeballos, Giménez y Merentiel), donde ganó su zona y cerró el torneo con un sprint final de seis victorias consecutivas, cinco con la valla invicta. No fue campeón, es cierto, pero fue competitivo, sólido y en crecimiento.
También se omite que Boca fue el segundo equipo con más puntos en la tabla anual, solo superado por Rosario Central. Que sostuvo una base fuerte de futbolistas —entre ellos un campeón del mundo como Leandro Paredes— y que, desde esa lógica, no tiene sentido "comprar por comprar", sino reforzar donde realmente hace falta, como por ejemplo en el extremo por derecha, donde hoy solo aparece Aguirre como opción natural.
River, en cambio, no clasificó a la Libertadores y deberá apostar todo a la Sudamericana, además de haber sufrido múltiples salidas importantes: Casco, Enzo Pérez, Nacho Fernández, Pity Martínez y Borja, entre otros. Su salida al mercado es lógica, necesaria y estructural. En Boca, la planificación es vista como incapacidad.
Hace años existía una frase hecha: "el mejor refuerzo es mantener la base". Hoy, en tiempos de redes sociales, urgencia permanente y desinteligencia artificial (sí, está bien escrito), esa lógica ya no vale. Y mucho menos si se trata del Boca de Riquelme.

