Eran tiempos muy turbulentos allá por septiembre de 1829, cuando la grieta entre unitarios y federales se hacía cada vez más profunda.
Las provincias de Cuyo, compuestas por San Juan, San Luis y Mendoza, se habían desintegrado hacía varios años y en el territorio reinaba una verdadera anarquía. En nuestra provincia se libró la batalla del Pilar, una de las primeras confrontaciones que se produjeron en las luchas fratricidas.
Aquella acción bélica causó muchas víctimas entre uno y otro bando. Por el lado federal pereció uno de los hermanos Aldao quien había formado parte del glorioso Ejército de los Andes, mientras que en el unitario desaparecía físicamente quien el 9 de julio de 1816 había sido presidente del Congreso y protagonizó la declaración de la Independencia. Era don Francisco Narciso de Laprida.
El lugar de aquel enfrentamiento se ubica en el actual departamento Godoy Cruz, donde existe un barrio que lleva por nombre Batalla del Pilar y una plazoleta con un busto de Laprida que recuerda la feroz matanza.
Caos político e institucional
Como consecuencia del movimiento que hicieron las tropas unitarias el 10 de agosto de 1829, acantonadas en Barriales y encabezadas por el coronel Juan Cornelio Moyano, ese año se realizó un tratado. Con esta sublevación se exigió la renuncia del gobernador Corvalán y en su lugar fue designado el general Rudecindo Alvarado.
Pero en medio de su gobierno hubo un levantamiento militar al mando del general federal José Félix Aldao y el caudillo Villafañe, quien era el segundo de Facundo Quiroga.
Los insurgentes entraron en Mendoza y luego de realizar varios movimientos tomaron posición en la localidad de Barriales, a varios kilómetros de la Ciudad. Mientras tanto, en las calles mendocinas corrían los rumores de la llegada de Aldao y sus tropas. El choque entre unitarios y federales era inminente y se produciría en muy poco tiempo.
Un sanjuanino en Mendoza
En aquel tiempo, don Francisco de Laprida tenía 42 años y partió hacia Mendoza perseguido por razones políticas. En este viaje lo acompañaba su esposa, doña Micaela Sánchez de Loria, que se encontraba muy enferma, y sus hijos menores.
Al llegar a la ciudad mendocina, el brillante político, periodista y abogado realizó distintas actividades vinculadas a su profesión, pero su impulsivo carácter lo llevó a regresar a San Juan, que entonces estaba convulsionada socialmente.
En esa provincia, con su amigo José Rudecindo Rojo fundó El Amigo del Orden, periódico que fue prohibido porque –según decía el oficialismo– agredía al gobierno sanjuanino de Echegaray.
Sin embargo, Laprida siguió escribiendo con su afilada pluma y editó otros dos periódicos, llamados El Solitario y El Repetidor. Por estas publicaciones fue apresado en julio de 1829 y estuvo recluido y engrillado en una cárcel. Tras pagar una fianza al gobernador de San Juan, Laprida salió y regresó a Mendoza.
Al llegar pudo ver la difícil situación política y militar en que se encontraba nuestra provincia y no dudó en enrolarse como cabo de infantería en el Batallón de El Orden.
La batalla inevitable
En la madrugada del 22 de septiembre, el gobernador Alvarado fue amenazado por las fuerzas federales de José Félix Aldao, las que se encontraban muy cerca de la capital. Las tropas unitarias al mando de Zuluaga, salieron al encuentro y se concentraron en el lugar llamado “del Pilar”.
Por la mañana ambas fuerzas se desplegaron en guerrilla y se iniciaron varias escaramuzas con pérdidas de vida en ambos bandos. El vicario foráneo de Mendoza intentó conseguir una tregua en la batalla. Por la tarde parecía que se podía llegar a un acuerdo, pero desde el campo federal se dispararon varias piezas de artillería a las tropas unitarias y se reanudó el combate. Los unitarios se dispersaron y los contrincantes atacaron con furia, acuchillando a todo enemigo que se les cruzara en el camino.
El cabo Laprida
En ese momento el cabo Francisco de Laprida vio a un teniente desconocido, llamado Domingo Sarmiento. El reconocido abogado le dijo al prócer que tratara de escapar de ese combate, ya que era muy joven.
Pero el intrépido teniente no le hizo caso. Más tarde, Sarmiento describió estos hechos: “Yo salí del campo del Pilar después de haber visto morir a mi lado al ayudante Estrella y haber ultimado, uno de los nuestros, a un soldado enemigo que me cerraba el paso, mientras bregábamos con la lanza y el sable con que yo había logrado herirlo.
“Salí por entre los enemigos, por una serie de peripecias y de escenas singulares, entrando en espacios de calle en que nosotros éramos los vencedores, para pasar a otro en que íbamos prisioneros. Más allá, los hermanos Rosas de partidos contrarios, se disputaban un caballo; adelante me junté con Joaquín Villanueva, que fue luego lanceado, reuniéndome con José María, su hermano, que fue degollado tres días después, y todos estos cambios de situación se hacían al andar del caballo, porque el vértigo de vencedores y vencidos que ocupábamos en grupo de media legua en una calle, apartaba la idea de salvarse por la fuga".
Los federales del general Aldao habían doblegado a las tropas de Zuloaga y se llevaron la victoria.
Una muerte misteriosa
Laprida y los dispersos unitarios comenzaron a retirarse a todo galope en dirección al Este, más precisamente a San Francisco del Monte, mientras eran perseguidos por una montonera que había enviado el general Aldao.
Al llegar a un callejón, los perseguidores los rodearon y apuntaron con sus lanzas. Los jinetes unitarios trataron de bajarse de los caballos, pero vieron que su suerte estaba echada.
En ese instante don Francisco supo que era su fin. Uno de los colorados atravesó su pecho con una lanza; al caer al suelo, los otros bárbaros se abalanzaron sobre él y lo degollaron.
Su cuerpo desapareció, aunque algunos creyeron reconocerlo por el delicado monograma de su camisa. Lo cierto es que hasta hoy la muerte de Laprida es un verdadero misterio, ya que nunca se supo el lugar preciso donde fue asesinado y lo que realmente sucedió con sus restos.
Lo único que se sabe es que el gran patriota murió en la sangrienta batalla del Pilar.