Eduardo B. Ruiz, el último poeta romántico que tuvo Mendoza

Aunque desarrollaba su actividad en el ámbito empresarial, el escritor mendocino se destacó por su elegante pluma y llegó a ser elogiado por otros grandes de su época

3 Octubre de 2022 - 07:46

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3 Octubre de 2022 / Ciudadano News / Cultura

Era moreno, de cabello y bigote renegridos, nariz ancha y los ojos brillantes y oscuros. Sonreía a veces, y su risa era fatigosa. Su voz era un poco ronca, aterciopelada y profunda. A pesar que era mendocino, tenía el aspecto y el alma de un árabe.

Como poeta no hubiera alentado nunca una gran pasión y, en esto, se parecía a Juan Gualberto Godoy, el primer poeta romántico. Sin embargo, Eduardo B. Ruiz fue un escritor y poeta muy reconocido a fines del siglo XIX en Mendoza y en el país. Pero a veces los grandes también se pierden en el anonimato. Esto fue lo que le ocurrió a este autor, a quien sus contemporáneos lo consideraron el último romántico.

 

Cuando escritor se nace

Eduardo Ruiz nació en nuestra provincia el 20 de marzo de 1866. Por aquel tiempo, los mendocinos se estaban recuperando del trágico terremoto ocurrido exactamente cinco años antes, mientras trasladaban sus construcciones al sudoeste de su lugar original.

En la vieja ciudad todavía quedaba una gran cantidad de escombros en las calles producto de la catástrofe natural y se podían ver terrenos baldíos en varios sectores, mientras que en la avenida San Martín se iniciaba la construcción de edificios privados y públicos.

Eduardo era un niño muy curioso e inquieto y al cumplir seis años ingresó a la escuela primaria, destacándose inmediatamente en las letras. Al concluir, ingresó en el Colegio Nacional. Excelente alumno, tuvo a grandes profesores como Julio Leónidas Aguirre, el doctor Gigli, Rodolfo Zapata y Pedro Nolasco Ortiz entre otros.

Al concluir la secundaria fue contratado por la empresa de seguros 'La Andina', y al poco tiempo ocupó allí el cargo de secretario.

Alternando su labor, fue colaborador de algunos periódicos locales en los que se desempeñó hábilmente con su pluma. Escribió para el periódico El Debate y en el matutino Los Andes, siempre con el seudónimo de Julio Mayo.

 

Aquella Mendoza progresista

Durante fines del siglo XIX la ciudad de Mendoza se encontraba en su mayor esplendor gracias a muchos funcionarios y comerciantes que miraban al progreso como una de sus metas. También la cultura y la educación seguían ese camino, especialmente las letras mendocinas, en las que con el tiempo se destacarían grandes escritores como Julio L. Aguirre, J. Alberto Castro, Lucio Funes, Miguel Martos y Manuel J. Olascoaga, entre otros personajes muy relevantes que fueron los pioneros para que luego otros escritores del siglo XX se destacaran.

Pero no solo la cultura y la educación estaban en la mira de algunos mendocinos, ya que el progreso fluía por todas partes.

El ferrocarril, el tranvía, la electricidad, el agua corriente y los edificios de variados estilos le daban aquella pequeña aldea un toque diferente.

La arteria principal, denominada San Nicolás, pasó a llamarse en 1883 avenida General José de San Martín, en honor al hombre que gobernó Cuyo allá por 1814 y que también llevó a cabo la más grande epopeya de la historia argentina y sudamericana.

Por aquel tiempo esa avenida se había colmado de tiendas y comercios en donde los vecinos podían adquirir lo último de la moda de Europa.

Librerías como 'El Siglo Ilustrado' hacían las delicias de los amantes de las novelas y ensayos. Pero no solo estos negocios hacían la vida cotidiana más placentera, ya que los cafés eran otra de las atracciones de los pobladores. Allí se reunía la gente de la alta sociedad, especialmente los hombres, para discutir de política nacional e internacional y contar las novedades de un mundo que avanzaba rápidamente a un paso de pisar el umbral del siglo XX.

 

El poeta que emocionó a la diva

Todos los días el escritor Eduardo Ruiz llegaba puntualmente a las 8 de la mañana a su trabajo, en la Compañía de Seguros 'La Andina'. Allí se desempeñaba como secretario, un puesto muy ajetreado, pero en sus ratos libres –que no eran muchos– dejaba deslizar su pluma fuente en el papel, creando las más hermosas poesías.

Se sabe que a fines de octubre de 1898 la famosa soprano italiana Luisa Tetrazzini llegó a Mendoza y actuó en el Teatro Municipal presentando la célebre obra del maestro Rossini El barbero de Sevilla. Con ese motivo, los periodistas acordaron obsequiarle a la diva una canastilla de hermosas flores. Todos pensaron que el presente debería tener una bella poesía o algo escrito y los reporteros pensaron en un solo nombre: Eduardo Ruiz.

Uno de ellos partió hacia la oficina de la compañía y le contó a Ruiz la intención de escribir algo para la artista. Inmediatamente éste comenzó a redactar sus prosas éticas en un borrador de una póliza de seguro. Por la noche, las flores fueron entregadas y, por supuesto, la soprano leyó las hermosas frases escritas que la emocionaron profundamente.

 

Días de gloria

El sábado 28 de enero de 1905 el poeta partió desde la estación del ferrocarril hacia Buenos Aires. Llevaba una valija llena de esperanzas y de sueños. El joven Ruiz había sido contratado para escribir en un prestigioso diario metropolitano.

Ya radicado en Capital Federal, le llovieron las propuestas de varios editores para publicar sus poemas ya que se había ganado la fama a través de sus trabajos publicados en revistas.

Un año después de radicarse en la gran ciudad, salió a la luz su primer libro, titulado Versos, una recopilación de sus trabajos en más de cien páginas. Su obra fue tan buena que el editor tuvo que realizar una nueva tirada, causando un gran impacto entre los lectores. Inmediatamente, el escritor mendocino se insertó en los círculos más importante de la sociedad porteña.

Parecía que se encontraba en la cúspide de su vida, a tal punto que el presidente Figueroa Alcorta y su ministro de Guerra, general Luis María Campos, le encomendaron la tarea de escribir sobre la historia militar de la República Argentina. Sin pérdida de tiempo, Ruiz inició el encargo, recopilando cientos de documentos en el Archivo General de la Nación.

Meses después de hacer la importante investigación, el poeta sufrió un gran deterioro en su salud, lo que le hizo interrumpir la relevante publicación y regresar a Mendoza.

A fines de febrero de 1908 llegó a esta tierra en estado muy grave y el 20 de marzo –el mismo día en que cumplía 42 años– falleció y con él se fue el último poeta del romanticismo.

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