Casi todas las células de nuestro cuerpo se renuevan en ciclos de hasta 15 años, lo que significa que físicamente no somos los mismos que en el pasado. Desde la piel, que cambia cada mes, hasta los glóbulos rojos y músculos, el organismo se reconstruye constantemente.
Sin embargo, el envejecimiento persiste porque las nuevas células heredan a través del ADN las mutaciones y deterioros de sus "células madre". Mientras órganos como el hígado se transforman, el cerebro y el cristalino del ojo permanecen casi intactos. Esta paradoja explica por qué, aunque estrenamos "envase", el tiempo deja su huella inevitable.